El último de los Mohicanos

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El desconocido, con gesto de sorpresa, se quedó mirando a su interlocutor durante un momento y, acto seguido, perdiendo toda señal de satisfacción personal, sumido en una actitud de humildad solemne, contestó:

—Del ataque, espero que no, al no haberse ofendido, creo, ninguna de las dos partes; en cuanto a la defensa, no ejerzo ninguna, por el amor de Dios, no habiendo cometido pecado alguno desde la última vez que me fue dada su gracia y perdón. No entiendo sus alusiones sobre rectas y ángulos, y dejo las explicaciones para aquéllos que han sido escogidos y llamados para tan sagrado oficio. No me considero dotado de ninguna virtud mayor que la de saber algo del glorioso arte de la petición y el agradecimiento, tal y como se reza en los salmos.

—El hombre es, sin duda, un discípulo de Apolo —clamó Alice, entusiasmada—, y le pongo bajo mi propia protección particular. Vamos, deja de poner cara agria, Heyward, y para bien de mis ansiosos oídos, permítale que viaje en nuestro grupo. Además —añadió en voz baja y apresurada, mirando a la distante Cora, quien seguía lentamente los pasos del callado, aunque taciturno, guía indio—, podría ser un amigo más a nuestro favor, en caso de que necesitemos ayuda.

—¿Piensas, Alice, que permitiría pasar por este pasadizo secreto a personas por mí queridas si hubiese posibilidades de tal índole?


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