El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —No, no lo pienso asà ahora; pero este extraño hombre me entretiene, y si «tiene música en el alma», no rechacemos su compañÃa tan burdamente —dijo ella, mientras con su fusta señalaba con intención persuasiva el camino, a la vez que las miradas de ambos se cruzaron de un modo que el joven hubiera querido prolongar por un instante, para ceder finalmente éste ante tan gentil insistencia, y, tras clavarle las espuelas al corcel, volvió de un par de brincos al lado de Cora.
—Me alegro de haberle encontrado, amigo —continuó la joven, indicándole al desconocido que siguiera adelante, a la vez que fustigaba a su narraganset—. Algunos parientes lejanos me han dicho que no soy mala pareja para cantar salmos a dúo; podemos animar el viaje entreteniéndonos en nuestra común afición. Puede ser beneficioso para un profano, como es mi caso, escuchar las opiniones y las experiencias de un maestro en el arte.