El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—Es refrescante tanto para el espíritu como para el cuerpo la práctica de los salmos, en las temporadas más adecuadas —contestó el maestro cantor, sin vacilar en aceptar la invitación de la jo-ven—; y nada aliviaría más al alma que el consuelo de un canto compartido. Pero son necesarias cuatro voces para conseguir una perfección melódica. Tú pareces poseer la gracia de una voz de tiple, suave y esplendorosa; yo, con algo de ayuda, puedo elevar la nota más alta a un tenor pleno; ¡pero necesitamos uno ligero, además de un barítono! Ese oficial del rey que no quiso aceptar mi compañía podría cumplir la función del último, por lo que se desprende de su entonación cuando habla.

—No se precipite en juzgar a las personas por una engañosa primera impresión —dijo la dama, sonriente—; a pesar de que el comandante Heyward pueda adoptar notas tan graves en alguna ocasión, créame, su entonación natural se adecua más a la de un suave tenor que a la del barítono que le ha parecido oír.

—Entonces, ¿ha practicado mucho el arte del canto de salmos? —se apresuró a preguntar el ingenuo acompañante.

Alice sintió ganas de reír, aunque logró reprimirlas, y contestó:

—Más bien creo que es un adicto a la canción profana. Las circunstancias de la vida de soldado dejan poco lugar para inclinaciones de índole más sobria.


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