El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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El físico del blanco, a juzgar por aquello que no quedaba disimulado por sus ropas, se asemejaba a la de aquél cuya vida, ya desde joven, había conocido el esfuerzo y las vicisitudes. Su persona, aunque musculosa, resultaba más fibrosa que corpulenta, pero cada nervio y músculo se distinguía, endurecido por los constantes efectos del ambiente y del esfuerzo. Vestía una camisa de caza color verde bosque, ribeteada por un apagado color amarillo[6], y un gorro de verano hecho a base de pieles curtidas. También portaba un cuchillo a la cintura, en un cinturón adornado, muy parecido al que bordea las escasas vestimentas del indio, pero sin tomahawk. Sus mocasines estaban adornados según el gusto propio de los nativos, mientras que la única prenda que se revelaba bajo la blusa de caza era un par de polainas altas, hechas de piel de gamo y atadas a los lados, a la vez que aseguradas por encima de las rodillas por tendones de ciervo. Un saco y un cuerno para pólvora completaban sus efectos personales, aunque una carabina de gran longitud[7], que los blancos más ingeniosos habían determinado como la más peligrosa de las armas de fuego, se encontraba apoyada sobre un pequeño árbol cercano. Los ojos del cazador, explorador, o lo que fuera, era pequeños, rápidos, astutos e inquietos, dirigiéndose constantemente de un punto a otro en derredor suyo mientras hablaba, como si estuviera al acecho de caza, o al tanto de cualquier posible movimiento súbito, por parte de un enemigo escondido. A pesar de estos síntomas de habitual sospecha, sus rasgos faciales no sólo carecían de indicios de maldad, sino que en aquel momento se caracterizaban por una expresión de firme honradez


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