El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —No soy un hombre con prejuicios, ni que presuma de sus dotes naturales, aunque el peor de mis enemigos sobre la faz de la tierra, el iroqués, no se atreva a negar mi condición de hombre blanco genuino —replicó el explorador, admirando con disimulada satisfacción el color curtido de su mano huesuda y fibrosa—; y estoy dispuesto a admitir, como hombre honrado, que son muchas las cosas de mi gente a las que no puedo dar mi aprobación. Una de sus costumbres es la de escribir las cosas que han visto y hecho, en vez de contarlas en sus pueblos, donde se le pueden echar en cara al cobarde sus mentiras, y donde el valiente soldado puede recurrir a sus camaradas como testigos de la verdad de lo que dice. Debido a esta desafortunada moda, un hombre demasiado prudente como para malgastar su tiempo entre mujeres, dedicándose al aprendizaje de las letras, puede quedarse sin saber de las hazañas de sus mayores, contadas por tradición oral, a la vez que pierde la oportunidad y el orgullo de deshacer entuertos mediante su propia intervención y esfuerzo. En cuanto a mÃ, puedo afirmar que todos los Bumppo sabÃan disparar, ya que yo mismo tengo un dominio natural de la carabina que debió de pasar de una generación a otra, al igual que heredamos otras cosas, tanto buenas como malas, de acuerdo con nuestros santos mandamientos; aunque no me atrevo a responder en nombre de otros con respecto a tales cuestiones. De todos modos, toda historia cuenta con, al menos, dos versiones; asà que cuéntame, Chingachgook, lo que ocurrió cuando nuestros antepasados se enfrentaron por primera vez, de acuerdo con la tradición de los pieles rojas.