El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Hay sabidurÃa en un indio, aunque la naturaleza le haya hecho con la piel roja! —dijo el hombre blanco, agitando la cabeza como alguien que no podÃa negarle la razón a lo que se le acababa de decir. Durante un momento parecÃa ser consciente de haber perdido el debate; a continuación, argumentó de nuevo, contestando a la objeción de su antagonista del mejor modo que le permitÃa su limitado conocimiento—: No soy un académico, y no me importa que se sepa; pero a juzgar por lo que he visto persiguiendo ciervos y cazando ardillas, pensarÃa que, en las manos de los abuelos del hombre blanco, una carabina no era tan peligrosa como podrÃa serlo un arco de madera y una buena punta de flecha, siendo el primero tensado por el instinto de un indio y la segunda guiada por su ojo.
—Has oÃdo eso de tus antepasados —respondió frÃamente el otro, con un movimiento de su mano—. ¿Qué dicen tus mayores? ¿Les dicen a los jóvenes guerreros que los rostros pálidos se encontraron con los hombres de piel roja, pintados para la guerra y armados con el hacha de piedra y el arco de madera?