El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Vinimos del lugar en donde el sol se esconde al anochecer, más allá de las grandes llanuras en las que viven los bisontes, hasta que llegamos al gran rÃo. Allà luchamos contra los alligeni, hasta que el suelo se tiñó de rojo con su sangre. Desde las orillas del gran rÃo hasta las costas del lago salado, no hubo quienes se enfrentaran a nosotros. Los maquas nos siguieron a distancia. Declaramos que la tierra deberÃa ser nuestra, desde el lugar en el que el agua ya no sube en este riachuelo hasta un rÃo a veinte soles de distancia en dirección al verano. El terreno que habÃamos conquistado como guerreros lo conservamos como hombres. Mantuvimos a los maquas alejados, haciéndoles adentrarse en el bosque, con los osos. Tan sólo sal, y no pescado, pudieron probar del gran lago, sólo les dejábamos los huesos.
—Todo esto lo he oÃdo y creÃdo —dijo el hombre blanco, al ver que el indio hacÃa una pausa—; pero fue mucho antes de que los ingleses llegaran a este territorio.