El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos En cuanto el padre hubo secundado lo dicho mediante un expresivo gesto de su mano, Uncas se tiró al suelo y avanzó en dirección al animal sigilosamente. Cuando estaba a tan sólo unos metros de distancia, colocó una flecha en su arco con el máximo cuidado, a la vez que el ciervo se volvía inquieto, como si hubiese detectado la presencia de un enemigo por medio de su olfato. Al momento se oyó respingar la cuerda del arco, y una ráfaga fugaz penetró en los arbustos, haciendo que el gamo herido saltase fuera de su escondite, para caer a los mismos pies de su enemigo oculto. Esquivando las astas del enfurecido animal, Uncas se abalanzó sobre él y hundió su cuchillo en el cuello del gamo, atravesándolo de un lado a otro, tras lo cual rodó hasta el borde del río, tiñendo las aguas con su sangre.
—Hecho con la habilidad de un indio —dijo el explorador, riéndose para sus adentros, aunque muy satisfecho—, ¡y fue todo un espectáculo, a pesar de que no bastó con una flecha, siendo necesario además un cuchillo para rematar la tarea!
—¡Hugh! —exclamó su compañero, volviéndose rápidamente, como un sabueso que hubiese detectado una presa.