El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El cazador, que ya había desistido en su intento de herir al correo, se quedó pensativo un instante e hizo un gesto para que sus dos acompañantes se acercaran. Hablaron en el idioma de los delaware, con tono grave, aunque en voz baja; y por los gestos del blanco, que señalaba constantemente hacia la cima del arbolillo antes mencionado, era evidente que se refería a la posición del enemigo que estaba fuera de vista.
Sus compañeros no tardaron en comprender sus intenciones; dejaron allí sus armas de fuego y cada uno se introdujo por los arbustos colindantes que delimitaban el pasadizo a uno y otro lado, actuando con tanto sigilo que sus pasos eran inaudibles.
—Ahora, vuelva usted allí —le dijo el cazador a Heyward—, y distraiga a ese demonio por medio de la conversación, esos dos mohicanos le neutralizarán sin violencia alguna; ni siquiera le alterarán la pintura.
—No —dijo Heyward, con arrogancia—, yo mismo le capturaré.
—¡Error! ¿Qué posibilidades tendría usted contra un indio, entre tanta arboleda, y estando montado sobre un caballo?
—Desmontaré. —