El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Supe que era un traidor desde el momento en que le vi —contestó el explorador, colocándose una mano delante de la boca en señal de precaución—. El indeseable está apoyado sobre un pequeño árbol que hay detrás de aquellos arbustos, su pierna derecha está en posición paralela a la del tronco del árbol y… —continuó mientras palpaba su carabina—, puedo darle desde donde estoy, alcanzándole entre el tobillo y la rodilla, con un solo disparo; poniendo asà fin a sus paseos por el bosque durante un mes, como mÃnimo. Si vuelvo a su lado, el zorro astuto sospecharÃa y saldrÃa corriendo como un venado.
—No puede ser. PodrÃa ser inocente y me disgustarÃa actuar de esa manera. Aunque, si estuviera seguro de su traición.
—Ya supone bastante seguridad el saber lo bellacos que son los iroqueses —dijo el explorador, elevando su carabina como por instinto.
—¡Espera! —insistió Heyward, interrumpiéndole—. No podemos, hemos de pensar en otra solución, y aun asÃ, tengo motivos sobrados para pensar que me ha engañado.