El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Un mingo es siempre un mingo; habiéndole hecho Dios asÃ, ninguna tribu, ni siquiera la de los mohawk, puede cambiarlo —concluyó al regresar a su lugar—. Si estuviéramos solos, y usted dejara ese noble caballo a merced de los lobos esta noche, yo le llevarÃa personalmente hacia Edward en una hora, ya que es el tiempo que se tarda desde aquÃ, ¡pero llevando esas damas es imposible!
—¿Por qué? Están fatigadas, pero seguro que aguantarÃan unas millas más a caballo.
—Es imposible por lógica —recalcó el explorador—. Yo no caminarÃa ni una sola milla dentro de estos bosques, de noche y en compañÃa de ese correo, aunque me ofrecieran el mejor fusil de las colonias. Están llenos de malvados iroqueses, y ese falso mohawk suyo sabe el modo de encontrarles demasiado bien como para dejar que me acompañe.
—¿Usted cree? —dilo Heyward, inclinándose hacia adelante sobre su montura y bajando el tono de su voz hasta el nivel de un susurro—. Le confieso que he tenido alguna sospecha, aunque he procurado disimular y aparentar un grado de confianza que no he sentido siempre, por el bien de mis acompañantes. Me percaté de que habÃa algo extraño en él cuando, en vez de seguirle yo a él, terminó siguiéndome él a mÃ.