El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Quisiera ver al sujeto; si se trata de un verdadero iroqués, lo reconoceré por su semblante de bellaco, asà como por su pintura —dijo el explorador, dejando a un lado el corcel de Heyward y adentrándose en el sendero detrás de la yegua del maestro de canto, cuyo potrillo habÃa aprovechado la ocasión para alimentarse. Tras apartar las ramas de los arbustos, se encontró con las féminas, quienes aguardaban el resultado de la conversación mostrando cierta angustia, además de evidentes sÃntomas de preocupación. Detrás de ellas, el correo indio se apoyaba sobre un árbol, desde el cual correspondió al exhaustivo examen visual del explorador con una actitud inmóvil, pero no por ello menos terrorÃfica, dados sus rasgos oscuros y salvajes. Una vez terminada su observación, el cazador se alejó. Al pasar de nuevo por delante de las féminas, se detuvo para admirar la belleza de ambas, respondiendo a la sonrisa y el saludo de Alice con evidente agrado. De ahà pasó al lugar donde estaba la yegua, cuyo jinete le mantuvo perplejo durante un minuto entero, mientras intentaba comprender la razón de su presencia. Dándose por vencido en esa cuestión, volvió al lado de Heyward.