El último de los Mohicanos

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—Los rostros pálidos se convierten en los perros de sus mujeres —refunfuñó el indio en su lengua nativa—, y cuando éstas quieren comer, los guerreros han de descuidar el tomahawk para alimentar su holgazanería.

—¿Qué es lo que dices, Renard?

—Le Subtil dice que está bien.

El indio entonces miró fijamente al rostro confiado de Heyward, pero al devolverle éste la mirada, apartó la cara rápidamente y se sentó en el suelo, para a continuación sacar algo de alimento de su bolsa y comenzar a ingerirlo, aunque no antes de mirar lenta y cuidadosamente a su alrededor.

—Eso está mejor —continuó Heyward—, así Le Renard tendrá fuerza y vista para encontrar el camino por la mañana —hizo una pausa momentánea, ante lo que parecía sonar coma la rotura de una rama seca, junto con otros ruidos de entre la vegetación, pero inmediatamente reanudó su discurso—. Debemos estar en marcha antes de que se vea el sol; de lo contrario Montcalm podría interponerse entre nosotros y la fortaleza.

La mano de Magua descendió desde su boca hasta el costado, y aunque sus ojos se fijaban en el suelo, su cabeza estaba ladeada, sus fosas nasales en tensión, y hasta sus orejas parecían más erectas que nunca. Tenía la imagen de una estatua que representara una actitud de intensa atención.


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