El último de los Mohicanos

Heyward, observando sus movimientos con cautela, se descuidó y sacó un pie del estribo al dirigir su mano hacia la piel de oso de su cartuchera.

Todo esfuerzo por detectar el punto más vigilado por el correo se vio completamente frustrado por la variación de su mirada, la cual no parecía descansar un solo instante sobre ningún objeto concreto, a la vez que daba la sensación de que permanecía inmóvil. Mientras dudaba sobre lo que debería hacer, Le Subtil se levantó cautelosamente, aunque moviéndose con tanta lentitud y sigilo que no produjo ni el más leve ruido. Heyward presintió que había llegado el momento de actuar. Pasando una pierna por encima de su silla de montar, se bajó del caballo con el firme propósito de abalanzarse sobre su traicionero acompañante, valiéndose únicamente de su propia hombría. Sin embargo, con el fin de evitar que cundiese el pánico, continuó manifestándose tranquilo y amigable.

—Le Renard Subtil no come —dijo, dirigiéndose al indio por medio del apelativo que le parecía más adulador—. El maíz no debe estar muy bien hecho, y parece muy seco. Vamos a ver si entre mis provisiones encontramos algo que pueda estimular su apetito.

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