El último de los Mohicanos

—¡Es la sangre de Le Subtil! ¡Está herido, y aún puede caer!

—No, no —le contestó el explorador, abiertamente en desacuerdo—. Quizá le haya rozado, pero siguió corriendo a pesar de todo. Una bala hace el mismo efecto sobre un animal que huye, cuando sólo le roza, que las espuelas sobre un caballo; estimula el movimiento y hace reaccionar al cuerpo, lejos de matarlo. Solamente una herida profunda hace que, tras un salto o dos, se produzca el cese de la carrera, ¡tanto en un indio como en un ciervo!

—¡Somos cuatro contra un solo hombre herido!

—¿Es que no aprecia en nada su vida? —le interrumpió el explorador—. Ese diablo rojo le llevaría hasta donde sus camaradas le tuvieran al alcance de sus tomahawks, incluso antes de que usted empezara a sudar persiguiéndole. ¡El haber hecho fuego cuando puede haber enemigos al acecho ya fue un acto bastante imprudente por parte de alguien que ha dormido tantas veces en un escenario de guerra! ¡Mas fue una tentación irresistible y una reacción natural! ¡Muy natural! Vámonos amigos, cambiemos de emplazamiento, y así lograremos despistar al mingo, o de lo contrario nuestras cabelleras secarán al viento delante de la tienda de campaña de Montcalm, a esta misma hora de mañana.

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