El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—¿Qué vamos a hacer? —dijo, sintiendo una gran impotencia por la delicada situación en la que se encontraban—. ¡No nos deje, por el amor de Dios! ¡Quédese para defender a las damas que me acompañan y podrá designar libremente su recompensa!

Sus interlocutores, que empezaron a conversar entre ellos en lengua india, no dieron aprecio a esta sincera petición. A pesar de que sus diálogos se llevaban a cabo en voz baja, casi susurrando, Heyward pudo distinguir, al acercarse, que el tono del más joven se manifestaba con más sentimiento que el discurso sobrio y comedido empleado por los mayores. Estaba claro que estaban debatiendo sobre qué curso seguir con respecto a la seguridad de los viajeros. Dado su poderoso interés en el asunto, así como la inquietud que le provocaban los peligros adicionales que pudieran ser auspiciados por la tardanza en su resolución, Heyward se acercó más al misterioso grupo con el fin de dar mayor énfasis a su oferta de compensación. En esto, el hombre blanco, gesticulando como si ya hubiese dado la discusión por zanjada, se volvió y dijo, en inglés y a modo de soliloquio:

—¡Uncas tiene razón! No sería digno de hombres dejar a estas criaturas indefensas abandonadas a su suerte, aunque se tenga que renunciar a la propia seguridad. ¡Si vamos a salvar a estas tiernas flores de los colmillos de esas serpientes malignas, es mejor acometer la tarea cuanto antes!


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