El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Cómo puede siquiera dudarlo? Si ya he realizado una oferta.
—Ofrezca mejor una oración a Aquel que nos pueda otorgar la suficiente sabidurÃa como para enfrentarnos a la astucia de los diablos del bosque —le interrumpió el explorador con calma—, y ahórrese sus promesas de dinero, que por otra parte quizá no viva para cumplirlas o verlas cumplidas. Estos mohicanos y yo haremos lo que esté en nuestra mano para salvaguardar estas flores que, aún siendo tan hermosas, no pertenecen al entorno salvaje, y lo haremos sin esperar más recompensa que aquella que Dios dispone para los que obran correctamente. ¡Mejor será que prometa otras dos cosas distintas, en su nombre y en el de sus amigos; de lo contrario, lejos de serles útiles, sólo nos perjudicaremos todos!
—¡Nómbrelas!
—La primera es que se mantendrán tan callados como este bosque dormido, ocurra lo que ocurra; y la segunda es que guarden para siempre en secreto la ubicación del lugar al que les vamos a llevar.
—Me esforzaré al máximo para ver cumplidas ambas condiciones.
—Entonces pongámonos en marcha, ya que estamos perdiendo un tiempo tan preciado como la sangre para un ciervo herido.