El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Heyward apercibió el gesto impaciente del explorador a través de las incipientes sombras del anochecer, y le siguió los pasos rápidamente hasta el lugar en el que esperaban los demás. Cuando se acercaron a las angustiadas y expectantes féminas, el joven militar les informó brevemente de las condiciones impuestas por su nuevo guÃa, asà como de la necesidad de que no hiciesen ningún ruido, manifestando en todo momento una actitud seria y lacónica. Aunque sus alarmantes noticias no fueron recibidas con muestras de terror por parte de los que le escuchaban, su ademán sincero y contundente, junto con la propia naturaleza del peligro, ciertamente lograron que estuviesen alerta ante la dura y desconcertante prueba que les aguardaba. En silencio, y sin desperdiciar un solo instante, las damas se dejaron ayudar para bajar de sus caballos, para a continuación descender hasta la orilla del riachuelo, en donde el explorador ya habÃa reunido a los otros, valiéndose más de los gestos que de las palabras.
—¿Qué podemos hacer ahora con estos caballos? —habló para sà el hombre blanco, de quien parecÃan depender todas las posibilidades de salvación del grupo—. SerÃa una pérdida de tiempo cortarles el cuello y lanzarlos al rÃo; y dejarles aquà servirÃa de indicio para que los mingos supieran que los dueños no están lejos.