El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Entonces será mejor hacerles andar, para que se alejen sin rumbo por el bosque —se atrevió a sugerir Heyward.
—No; serÃa mejor despistar a los demonios, y hacerles creer que deben igualar la velocidad de un caballo para continuar con su persecución. SÃ, sÃ, eso cegará sus llameantes ojos de fuego. Chingach… ¡Atiza! ¿Qué es lo que se mueve entre los arbustos?
—El potrillo
—Ese potrillo, al menos, debe morir —murmuró el explorador, que intentó infructuosamente atrapar al animal por su crin—. ¡Uncas, prepara tus flechas!
—¡Esperen! —exclamó el propietario del animal condenado, sin respetar el tono susurrante que empleaban los demás—. ¡No maten al potrillo de Miriam! Es el noble hijo de una dama fiel, y no causará ningún trastorno intencionado.
—Cuando los hombres luchan por conservar la única vida que Dios les dio —dijo el explorador con gesto severo, incluso los de su propia especie no parecen más que bestias salvajes. ¡Si vuelve usted a hablar, le dejaré a merced de los maquas! Afina tu punterÃa, Uncas, no tenemos tiempo para un segundo intento.