El último de los Mohicanos

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La voz del cazador aún podía oírse cuando el potrillo herido, que primero flaqueó de atrás, dobló sus patas delanteras. Al caer, se encontró con el cuchillo de Chingachgook, que le segó el cuello con la rapidez de un pensamiento. El indio entonces lanzó el animal, que aún se retorcía, a las aguas del río, por cuyo cauce bajó lanzando los últimos suspiros audibles de su ya escasa vida. Este acto de aparente crueldad, aunque no por ello menos necesario, cayó como una jarra de agua fría sobre los ánimos de los viajeros, ya que les hizo ver hasta qué punto estaban en peligro, a pesar de la firme tranquilidad mostrada por los que habían efectuado la labor. Las hermanas se estremecieron y se abrazaron una a la otra, mientras que Heyward puso la mano instintivamente sobre una de sus pistolas, al colocarse entre las damas y aquellas tupidas sombras que parecían tender un velo impenetrable ante la profundidad del bosque.

Los indios, sin embargo, no vacilaron un instante; llevaron los asustados y reticentes caballos en dirección a las aguas del río.





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