El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Al percatarse Heyward de la empecinada defensa que ofrecía el explorador, tanto en favor de los delaware como de los mohicanos —que a fin de cuentas eran integrantes de un mismo pueblo—, decidió cambiar de tema para no entrar en una discusión interminable.

—¡Hubiese o no acuerdo, estoy plenamente convencido del valor y la nobleza de sus dos compañeros! ¿Han visto u oído alguna señal de nuestros enemigos?

—El indio es un mortal al que se siente mucho antes de que se le vea —contestó el explorador, mientras ascendía a la roca y dejaba en el suelo el cuerpo del ciervo—. Cuando quiero saber por dónde andan los mingos, no se me ocurre esperar a verlos y confío en otras señales antes que en la vista.

—¿Le dicen sus oídos que han rastreado nuestra huida?

—Sentiría mucho que así fuera, aunque en esto la inteligencia prudente se iguala a la efectividad del valor más intrépido. De todos modos, no voy a negar que los caballos estaban alborotados cuando pasé por su lado, como si hubiesen detectado la presencia de lobos; y el lobo siempre se encuentra cerca de donde acechan los indios, ya que van tras los despojos de los ciervos que cazan los salvajes.

—¡Se olvida del animal que acaba de dejar en el suelo! ¿O acaso su presencia pueda deberse al potrillo muerto? ¡Eh! ¿Qué ruido es ése?


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