El último de los Mohicanos

—Pobre Miriam —murmuraba el desconocido—, tu potrillo estaba destinado a ser alimento de bestias depravadas —entonces, levantó la voz repentinamente y, por encima del constante sonido de las aguas, comenzó a cantar en alto—:

A los primogénitos de Egipto golpeó,

tanto a los nacidos de mujer como de animal,

¡Oh, Egipto! te envió plagas,

¡También al faraón y a sus sirvientes!

—La muerte del potrillo pesa aún en el corazón de su propietario —dijo el explorador—, pero es buena señal ver que un hombre se preocupa por sus compañeros animales. Es un hombre religioso, que cree en lo que ocurre porque ha de ocurrir; y consolándose así no tardará en comprender la racionalidad existente en la muerte de un animal de cuatro patas, si con ello se salvan las vidas de seres humanos. Puede ser como lo ha expresado usted —continuó diciendo, respondiendo así a la última observación hecha por Heyward—, y por eso con más razón hemos de cortar nuestros filetes y mandar los despojos río abajo, o tendremos a la manada de lobos siguiéndonos por las rocas, deseosos de cada bocado que tragamos. Además, aunque el idioma de los delaware sea tan difícil de entender para los iroqueses como un libro escrito, esos astutos bribones sí entienden los motivos por los que aúllan los lobos.

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