El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El ademán del explorador daba a entender que estaba impresionado, pero en absoluto denotaba una preocupación que pusiera en entredicho su hombrÃa. Evidentemente, su momentánea debilidad ya se habÃa desvanecido con la explicación de un fenómeno cuya naturaleza superaba a sus conocimientos y experiencia; y ahora, a pesar de que era consciente de la seriedad de su situación, estaba preparado para enfrentarse a ella con todas sus energÃas. Tales sentimientos parecÃan ser también los de los nativos, quienes se dispusieron de manera que pudiesen vigilar y controlar ambas orillas del rÃo, manteniéndose a la vez ocultos a los ojos de cualquier enemigo. En tales circunstancias, el sentido común le dictaba a Heyward y sus acompañantes que fuesen extremadamente prudentes y observasen la máxima precaución, como se les habÃa recomendado. El joven extrajo una buena cantidad de sasafrás de la cueva y la colocó en el espacio abierto que separaba ambas cavernas, para que pudieran sentarse las dos hermanas; asà las damas estarÃan a salvo de cualquier proyectil, bajo la protección de las rocas, a la vez que sus preocupaciones se aliviaban al saber que ningún peligro podrÃa presentarse por sorpresa. Por su parte, Heyward estaba haciendo guardia tan cerca que podÃa comunicarse con sus acompañantes sin tener que elevar peligrosamente la voz. Mientras tanto, emulando a los hombres del bosque, David colocó su cuerpo de tal manera entre las fisuras de las rocas que sus desproporcionadas extremidades ya no resultaban ofensivas para la vista.