El último de los Mohicanos

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De esta guisa, pasaron las horas sin más sobresaltos. La luna alcanzó su cenit, derramando su tenue luz sobre la entrañable escena de las dos hermanas durmiendo plácidamente, abrazadas entre sí. Duncan extendió la amplia capa de Cora ante esa imagen que tanto le encantaba contemplar, y luego reposó la cabeza sobre una piedra que le servía de almohada. David comenzó a emitir ruidos que le hubieran asustado de haberlos oído despierto. En pocas palabras, a excepción de Ojo de halcón y los mohicanos todos estaban inconscientes por efecto del sueño. Pero la vigilancia de los guardianes no sucumbió ante el cansancio o el agotamiento. Tan inamovibles como la roca sobre la que estaban sentados, parecían formar parte de la misma, a la vez que sus miradas lo recoman todo a lo largo de la oscura franja de árboles que bordeaban las orillas del río. Ni un solo sonido les pasaba desapercibido; por contra, ni siquiera observándoles de cerca se podía distinguir si respiraban o no. Esta extremada cautela era evidentemente producto de la experiencia y de un adiestramiento mejor que el de sus enemigos. Así continuaron, sin que hubiera incidentes, hasta que la luna desapareció y se abrieron paso los primeros rayos luminosos del nuevo día, asomándose por encima de los árboles donde la corriente doblaba río abajo.

En ese momento, Ojo de halcón se estremeció el primero. Se deslizó a gatas por las rocas hasta donde se encontraba Duncan, y le despertó a empujones.


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