El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Es hora de moverse —dijo susurrando—. Despierte a las mujeres y prepárense todos para subir a la canoa en cuanto se traiga a la orilla.
—¿Ha pasado una noche tranquila? —preguntó Heyward—. En cuanto a mÃ, me temo que el sueño pudo más que los deseos de vigilar.
—Todo está tan quieto como lo estaba a medianoche. Procedan en silencio, pero con rapidez.
Para entonces Duncan ya estaba completamente despierto, e inmediatamente retirando la capa que cubrÃa a las féminas durmientes. Tan repentina acción provocó un movimiento instintivo por parte de Cora, que levantó la mano en actitud defensiva, mientras que Alice murmuraba con voz suave y dulce:
—¡No, no, querido padre, no fuimos abandonadas; Duncan estaba con nosotras!
—SÃ, candorosa niña —susurró el joven—. Duncan está aquÃ, y mientras viva no te abandonará ante el peligro. ¡Cora! ¡Alice! ¡Despertad!; ¡ha llegado el momento de marchar!
Un grito estridente por parte de la más joven, y la expresión horrorizada de la otra, que se puso en pie a su lado, fue la única respuesta que obtuvo.