El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Aún no había terminado Heyward de pronunciar sus palabras cuando surgió repentinamente tal griterío que la sangre pareció congelársele en el mismísimo corazón. Por un instante daba la sensación de que los demonios del infierno se habían adueñado de todo a su alrededor, dando rienda suelta a sus más infames instintos mediante aquellas bárbaras emisiones vocales. Los alaridos no provenían de ningún lugar en concreto, aunque se podían oír claramente por todo el bosque; y como podían comprobar los miembros del grupo, las cavernas de la catarata, las rocas, la superficie del río y hasta el cielo que les cubría parecía albergar tales vociferaciones. David se levantó elevando toda su estatura en medio del infernal tumulto, tapándose los oídos y exclamando:
—¿De dónde viene ese griterío? ¿Acaso se han abierto las puertas del infierno para que los hombres emitan semejantes sonidos?