El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡No conoce la naturaleza de un maqua si piensa que se le puede vencer tan fácilmente, sin que se lleve una cabellera! —le contestó—. ¡Si no habÃa cuarenta de esos demonios gritando aquà esta mañana, no hubo ninguno! Además, saben cuántos somos y qué posibilidades tenemos, siendo demasiado tentadora la situación como para abandonar. ¡Atención! Mire hacia las aguas de arriba, justo donde rompen sobre las rocas. Que me muera aquà mismo si esos temerarios bribones no han nadado hasta la mismÃsima pendiente y, para nuestra mala fortuna, alcanzado la cabecera de la isla. ¡Cuidado, amigo, manténgase a cubierto o de una cuchillada le separarán la cabellera de su cráneo!
Heyward levantó la cabeza para ver lo que en justicia consideró un prodigio de audacia y habilidad. La acción de las aguas del rÃo habÃa desgastado el borde de la roca de tal modo que la caÃda se habÃa vuelto menos abrupta y perpendicular de lo que normalmente se esperarÃa en una catarata. Sin otro medio para guiarse, salvo la comente de agua que corre hasta la cabecera de la isla, un grupo de insaciables enemigos se habÃa adentrado en las aguas, nadando hasta el punto mencionado, conscientes de que les servirÃa de acceso para alcanzar a sus vÃctimas si lograban llegar hasta allÃ.