El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Los indios volvieron a sus correspondientes puestos en silencio, situándose entre las grietas rocosas desde las que dominaban las proximidades en la base de la catarata. En el centro de la isleta, unos pinos de reducido tamaño habían echado raíces, habiendo dado origen a una espesa maleza en la cual Ojo de halcón se adentró con la rapidez de un venado, seguido por el voluntarioso Duncan. Aquí se camuflaron como mejor les permitieron las circunstancias, colocándose entre los matorrales y fragmentos rocosos que abundaban en aquel lugar. Por encima de ellos había una formación rocosa redondeada desprovista de vegetación por cuyos lados pasaba el agua libremente, precipitándose al abismo que había debajo como ya se ha descrito anteriormente. Habiendo amanecido ya, las riberas opuestas no ofrecían una imagen borrosa, sino que se podía mirar hacia el interior de los bosques y distinguir los objetos situados bajo la sombra de los pinos.

La angustiosa vigilia se prolongó sin que hubiera señales de un nuevo ataque, y Duncan empezó a creer que la respuesta que dieron al primero había sido más efectiva de lo aparente, repeliendo así sus enemigos de un modo definitivo. Cuando se aventuró a sugerir esta opinión a su compañero, Ojo de halcón le respondió agitando la cabeza en señal de que no sería así.


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