El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Si algo me puede guiar más que mi propio amor por la vida —dijo Heyward—, lo hará sin duda tan amable consejo. Siendo comandante de la sesenta, nuestro anfitrión opinará que debo cumplir con mi parte de la lucha, pero la tarea será fácil; sólo se trata de mantener a esos perros a raya durante unas horas.
Sin esperar respuesta, dejó la compañÃa de las dos hermanas y se unió al explorador y sus acompañantes, quienes aún permanecÃan bajo la protección del pequeño espacio entre las dos cuevas.
—Te repito, Uncas —estaba diciendo el explorador al llegar Heyward—, que malgastas demasiada pólvora, ¡y el consiguiente retroceso de tu arma te hace perder punterÃa! ¡Poca pólvora, un plomo ligero y un brazo largo pocas veces fallan a la hora de provocarle estertores mortales a un mingo! Al menos ésa ha sido mi experiencia con semejantes energúmenos. Vámonos, amigos, a nuestros puestos de cobertura, ya que ningún hombre puede saber con certeza dónde ni cuándo golpeará un maqua[17].