El último de los Mohicanos

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—Ya ves la suerte que corremos, Cora —dijo Duncan—, y sabes que podemos confiar en la experiencia y el buen juicio de tu padre. Venid las dos conmigo, y entrad en esta caverna en la que vosotras, al menos, estaréis a salvo de los fusiles asesinos de nuestros contrincantes; además, allí podréis, dada vuestra gentileza de carácter, brindarle algún cuidado a nuestro desafortunado camarada.

Las hermanas le siguieron a través de la cueva, en la cual los quejidos de David ya indicaban que comenzaba a recuperar progresivamente la lucidez. De esta guisa, tras encomendarles la atención al hombre herido, Heyward se dispuso a marchar.

—¡Duncan! —gritó la temerosa Cora cuando el soldado ya salía del lugar. Éste se volvió y la contempló, observando cómo su tez se había vuelto extremadamente pálida y sus labios temblaban. La actitud solícita de la muchacha le hizo volver a su lado—. Recuerda, Duncan, que tu propia seguridad es garantía de la nuestra, que se lo prometiste a nuestro padre y que es mucho lo que depende de ti y de tu prudencia al actuar —mientras la sangre volvió a fluir por sus mejillas y la hacía sonrojar, añadió—: En pocas palabras, recuerda lo mucho que te quieren todos los que llevan el apellido Munro.


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