El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡No hay que preocuparse! Aún le queda mucha vida hasta el dÃa en que verdaderamente le llegue su hora, y en cuanto haya dormido un poco se despertará más sabio de lo que era —contestó Ojo de halcón, mirando con cierta indiferencia al cuerpo inmóvil, a la vez que cargaba su arma con admirable habilidad—. Llévalo dentro, Uncas, y déjalo sobre el sasafrás. Cuanto más dure su siesta mejor será para él, ya que las rocas no le servirán de mejor refugio, y sus cánticos no servirán para enfrentarse a los iroqueses.
—¿Cree usted pues, que se reanudará el ataque? —preguntó Heyward.
—¿Acaso un lobo hambriento se conforma con un bocado? Han perdido un hombre, y como es costumbre en ellos, al sufrir una baja y fracasar en un ataque por sorpresa, se retiran; pero les tendremos aquà de nuevo, utilizando otras modalidades de ataque para poder ganarse nuestras cabelleras —levantando su tez curtida, sobre la que se cernÃan evidentes vestigios de preocupación, cual nubarrón que oscurece el cielo al pasar, continuó diciendo—: ¡Nuestra única esperanza es la de hacemos fuertes aquà hasta que Munro pueda enviar ayuda! ¡Dios quiera que sea pronto, y que el jefe de tal partida sea conocedor de las costumbres indias!