El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Una respuesta firme, aunque innecesaria, provino del fusil de Chingachgook, quien había permanecido en su puesto durante el enfrentamiento, sin dejarse llevar por pasión alguna. Cuando llegó a sus oídos el grito triunfante de Uncas, el padre contestó con agrado mediante un solo grito de respuesta; tras esto, su arma fue la única en confirmar que aún vigilaba incansable desde su posición. De este modo, transcurrieron incontables minutos con la rapidez de un rayo: los fusiles de los asaltantes hablaron, unas veces con el estruendo acumulativo de ser disparados todos a la vez, otras veces de manera individual y esparcida. A pesar de que los disparos perforaban y astillaban incontables rocas, árboles y ramas a su alrededor, los asaltados se encontraban tan sumamente protegidos por sus posiciones de cobertura que David había sido el único herido del grupo hasta aquel momento.