El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Déjales que quemen pólvora —dijo el explorador con gran regocijo, a medida que una bala tras otra rozaba el lugar donde yacÃa—. ¡Habrá una buena capa de plomo en el lugar cuando terminen, y supongo que los diablos se cansarán antes de que estas piedras clamen misericordia! Uncas, muchacho, malgastas munición al cargar más de la necesaria; y una carabina con demasiado retroceso nunca dispara con precisión. Te dije que le dieras a ese bribón por debajo de su raya de pintura blanca y tu bala se desvió cuatro centÃmetros por encima. Con todo, la vida de un mingo merece poca consideración y resulta perfectamente humano el querer acabar rápidamente con semejantes serpientes.
Una sonrisa silenciosa brotó en el rostro fibroso del joven mohicano, delatando su conocimiento de la lengua inglesa y de lo que querÃa decir el otro; pero dejó correr el asunto sin dar réplica alguna.
—No puedo permitir que acuse a Uncas de carecer de buen juicio y habilidad —dijo Duncan—. Me salvó la vida de un modo que demuestra su gran templanza y preparación, y en mà tendrá un amigo que jamás olvidará lo mucho que le debe.