El último de los Mohicanos

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Uncas se incorporó ofreciendo su mano a Heyward, quien le correspondió. Con este gesto amistoso, ambos jóvenes se reconocieron mutuamente sus respectivas inteligencias y Duncan llegó a olvidar tanto el carácter como la condición salvaje de su compañero de armas. Mientras tanto, Ojo de halcón, observando esta manifestación de entusiasmo juvenil con distanciamiento, aunque complacido, hizo la siguiente afirmación:

—La vida es una obligación que se deben entre sí los amigos cuando se encuentran en tierra salvaje. Me atrevo a decir que ha habido ocasiones parecidas entre Uncas y yo en el pasado, y recuerdo bien que se ha interpuesto entre la muerte y mi persona en cinco ocasiones diferentes: tres contra los mingos, una al cruzar el Horicano, y…

—¡Esa bala se disparó con más precisión de lo que normalmente se esperaría! —exclamó Duncan, estremeciéndose ante el ruido de impacto y rebote de un proyectil a su lado.

Ojo de halcón tomó el trozo de plomo deformado e hizo un gesto de desacuerdo al examinarlo, diciendo:

—¡El plomo que cae nunca se aplasta, a no ser que sea un disparo procedente de las nubes!


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