El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El guerrero del árbol habÃa mantenido un fuego constante, aunque ineficaz, desde el momento en que fue descubierto. Su punterÃa se vio alterada además por la constancia de sus enemigos, cuyos fusiles apuntaban hacia cualquier parte de su cuerpo que estuviera visible. Aún asÃ, sus balas llegaban cerca; las ropas de Heyward, que resultaban un blanco perfecto, sufrieron varias rozaduras y en una ocasión el oficial sufrió una leve herida superficial.
Tras unos momentos, envalentonado por el largo y paciente silencio ofrecido por sus contrincantes, el hurón intentó disparar con una precisión más mortÃfera. Los avispados ojos de los mohicanos detectaron el perfil de sus extremidades inferiores a través del follaje, sobresaliendo unos centÃmetros por fuera del contorno del árbol en un momento de descuido por parte del atacante. Sus carabinas se descargaron simultáneamente y, al desplazarse el cuerpo del indio por la herida provocada en la pierna, quedó parcialmente al descubierto. Rápido como un rayo, Ojo de halcón aprovechó la ocasión y descargó su terrible arma en dirección a la cima del roble. Las hojas se movieron de un modo antinatural, el explorador bajó su carabina y, tras unos instantes de resistencia fútil, la silueta del salvaje podÃa verse pendiendo de la rama del árbol, a la cual se aferraba desesperadamente con ambas manos.