El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos A poca distancia de las rocas, podÃa verse su pequeña embarcación flotando entre las olas, dirigiéndose hacia las comentes más rápidas del rÃo de un modo que delataba que su curso estaba siendo dirigido por una mano oculta. El momento en que esta desagradable visión llegó a ojos del explorador, éste elevó su carabina por instinto y apretó el gatillo, pero no se produjo la acostumbrada detonación.
—¡Es demasiado tarde, demasiado tarde! —exclamó Ojo de halcón, dejando caer al suelo su arma, ya inútil, con gesto decepcionado—. ¡El bribón ha alcanzado los rápidos, y aunque tuviéramos pólvora, no le podrÃamos alcanzar a esa velocidad!
El osado hurón levantó la cabeza por encima del borde de la canoa, y mientras avanzaba rápidamente rÃo abajo, alzó la mano y profirió el grito que señalaba victoria. Su exclamación fue correspondida por otra desde el bosque, mezclada con risas exultantes que parecÃan ser las de una cincuentena de diablos que blasfemaban ante la caÃda de un alma cristiana.
—ReÃd, reÃd, hijos de Satanás —dijo el explorador, sentado sobre una proyección de la roca, su arma abandonada a sus pies—, ya que las tres carabinas más rápidas y certeras de este bosque han quedado tan inútiles como tallos de arbustos, ¡o como las astas resecas de un gamo muerto!