El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Qué podemos hacer? —inquirió Duncan, dejando a un lado la desesperación y mostrando una actitud más agresiva y decidida—. ¿Qué va a ser de nosotros?
Ojo de halcón no dio respuesta, sino que se limitó a rascarse la cabeza de un modo que no daba lugar a dudas de que estaba meditando la cuestión.
—¡Con seguridad, nuestra situación no ha de ser tan crÃtica como parece! —exclamó el joven—. Los hurones no han llegado hasta aquÃ, podemos hacemos fuertes en las cavernas, podemos enfrentamos a su asalto.
—¿Con qué? —preguntó frÃamente el explorador—. ¿Con las flechas de Uncas, o las lágrimas de las mujeres? ¡No, no; usted es joven, rico y tiene muchas amistades, y sé que a esa edad es difÃcil aceptar la muerte! Pero —dijo mientras miró hacia los mohicanos—, recordemos que somos hombres sin miedo y enseñémosles a esos nativos del bosque que la sangre de un hombre blanco corre igual de fácil que la de un indio cuando le llega su hora.