El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Duncan miró rápidamente hacia donde se dirigÃan los ojos del que hablaba, y pudo confirmar sus peores temores al observara conducta de los indios. Chingachgook, sentándose con suma dignidad sobre otro fragmento rocoso, ya habÃa dejado a un lado tanto su cuchillo como su tomahawk, y estaba procediendo a despojarse de la pluma de águila que llevaba en la cabeza, alisando la cresta de cabello que la recoma a modo de preparación de cara a las desagradables acciones de las que serÃa objeto. Su expresión mantenÃa la compostura, pero permanecÃa pensativo a medida que sus brillantes ojos negros perdÃan gradualmente su fuerza combativa, adoptando asà un estado de ánimo más acorde con los acontecimientos próximos a tener lugar.
—¡Nuestra situación no es, no puede ser tan irremediable! —dijo Duncan—. Incluso ahora mismo pueden estar al llegar las fuerzas de apoyo. ¡No veo a ningún enemigo! ¡Se habrán cansado de una lucha en la que arriesgan tanto para ganar tan poco!