El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Entonces, intentemos el rÃo. ¿Por qué esperamos? ¿Acaso queremos engrosar la lista de vÃctimas de nuestros desalmados enemigos?
—¿Pregunta usted por qué? —replicó el explorador, mirando orgullosamente a su alrededor—. ¡Porque es mejor que un hombre muera en paz consigo mismo que vivir perseguido por el remordimiento! ¿Qué respuesta podrÃamos darle a Munro cuando nos pregunte dónde y cómo dejamos a sus hijas?
—Vaya y dÃgale que las dejó para buscar ayuda que sirva para salvarlas —contestó Cora, enfrentándose al explorador con desbordado ardor—; dÃgale que los hurones las amenazan en el bosque del norte, pero que con diligencia y empeño pueden ser rescatadas; y si, con todo, el cielo no tuviese a bien permitir que tal ayuda llegue a tiempo, dÃgale —continuó diciendo con voz acongojada, formándosele un nudo en la garganta—, que el amor, las bendiciones y las oraciones de sus hijas son para él, y pÃdale que no se entristezca con nuestro destino, sino que mire hacia adelante con la humilde confianza cristiana de que algún dÃa nos reencontraremos. Las facciones del explorador, curtidas y endurecidas por el clima de los montes, reaccionaron ante estas palabras; se llevó la mano al mentón y parecÃa estar considerando la cuestión frÃa y profundamente.
Al cabo de un momento, sus tensos y nerviosos labios pronunciaron la siguiente conclusión: