El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Están mirando entre los peces en busca de sus muertos! —contestó el joven jefe indio con voz suave y tenue—. ¡Los hurones hacen compañÃa a las repugnantes anguilas! ¡Caen de los árboles como la fruta que está lista para ser devorada! ¡Y los delaware se rÃen de todo ello!
—Eso, eso —murmuró el explorador, escuchando con gran atención estas manifestaciones tan particulares de los nativos—. Han recurrido a sus sentimientos indios y pronto provocarán a los maquas para que les den una muerte rápida. ¡En cuanto a mÃ, que sólo tengo sangre de raza blanca, es propio que muera de acuerdo con mi raza, sin emitir palabras insultantes y sin sentimientos de amargura en mi corazón!
—¿Por qué morir, al fin y al cabo? —dijo Cora, saliendo de entre las rocas en las que el horror la tuvo confinada hasta ese momento—. ¡El camino está abierto por todos lados!; ¡huyan pues, hacia el bosque y pÃdanle a Dios que nos envÃe ayuda! ¡Márchense, hombres valientes, ya les debemos demasiado por lo que han hecho; no se involucren más en nuestras desgracias!
—¡Conoce usted poco las costumbres de los iroqueses, señora, si cree que han dejado algún camino libre hacia el bosque! —contestó Ojo de halcón, pero añadiendo después con toda su simplicidad—. La comente que va rÃo abajo seguramente podrÃa llevarnos lejos del alcance de sus fusiles y del sonido de sus voces.