El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —A veces la sabidurÃa es virtud de los jóvenes, además de los mayores —dijo—, y en lo que tú has dicho rebosa la sabidurÃa, por no decir algo aún más grandioso. Si os conducen a través del bosque a los que sobreviváis, romped tantas ramas en los arbustos al pasar como os sea posible, y procurad pisar con la intención de dejar huellas visibles; ya que si pueden distinguirse, podéis estar seguros de que un amigo os seguirá hasta los confines de la tierra antes que abandonaron.
Le ofreció a Cora su mano en gesto de amistad, recogió su carabina y, tras contemplar el arma con profunda melancolÃa, la posó de nuevo con cuidado, descendiendo hasta el lugar por donde Chingachgook se habÃa ido. Durante un momento permaneció inmóvil en el borde de la roca; después, mirando a su alrededor con honda preocupación, dijo amargamente:
—¡Si nos hubiera durado más la pólvora, esta desgracia jamás habrÃa acontecido! —tras esto, se dejó caer de la roca y se sumergió en las aguas, quedando igualmente fuera de la vista.
Todas las miradas se volvieron hacia Uncas, quien quedó apoyado sobre la plataforma rocosa, completamente quieto. Tras una breve espera, Cora señaló al rÃo y dijo:
Tus amigos no han sido detectados y estarán probablemente a salvo ya; ¿no es hora de que les sigas?