El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Ya estoy mejor, Duncan —dijo Alice, dejando los brazos de su hermana y esforzándose en aparentar entereza, a pesar de su llanto—, estoy mucho mejor, ahora. Con toda seguridad, estaremos a salvo en este oculto lugar, sin poder ser vistos y libres de todo mal; confiemos plenamente en esos hombres generosos que tanto ya han arriesgado por nuestro bien.
—¡Ahora la gentil Alice habla como debe una hija de Munro! —dijo Heyward, haciendo una pausa para cogerle la mano e infundirle ánimos, antes de pasar hacia la entrada exterior de la caverna—. Estando presentes dos ejemplos de valor como éstos que tengo delante, un hombre no puede por menos que comportarse heroicamente —a continuación, se sentó en el centro de la caverna, sosteniendo la pisto-la que aún le quedaba con mano tensa y nerviosa, mientras su fruncido ceño dejaba entrever la gravedad de su propósito—. Si llegan, los hurones no se harán con nuestra posición fácilmente —murmuró en voz baja, apoyando su cabeza contra la roca. ParecÃa esperar pacientemente a que se produjeran acontecimientos, aunque sus ojos no se apartaban de la entrada del refugio.