El último de los Mohicanos

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—Isla de Wight —repitió David, mirando a su alrededor con la dignidad propia de un maestro que exige silencio y atención—. ¡Se trata de una noble melodía dotada de palabras solemnes; ha de ser entonada con el debido respeto! Tras permanecer callado durante un instante, y al comprobar que se le hacía caso, la voz del cantante fluyó por medio de sílabas débiles que poco a poco iban llenando la caverna y los oídos de sus moradores. La melodía, firme a pesar de la debilidad con la que se cantaba, iba conquistando los sentidos de los que la escuchaban. Incluso prevaleció sobre la desarcertada versión del rey David interpretada con anterioridad, cautivando a todos con su estimulante armonía. Alice secó sus lágrimas inconscientemente, dirigiendo sus humedecidos ojos hacia las facciones de Gamut con una expresión de gozo inocente que no disimulaba, ni quiso disimular. Cora dedicó una sonrisa de aprobación a los piadosos esfuerzos de aquel que se llamaba igual que el monarca judío, mientras que Heyward dejaba de mirar con gesto severo hacia la salida de la caverna, fijándose tanto en la faz de David como en los aliviados ojos de Alice, a la vez que él mismo adoptaba un semblante más relajado. La simpatía mostrada por su público animó al músico, cuya voz recobró energía y volumen sin perder esa enternecedora suavidad que constituía su verdadero encanto. Llevando sus renovadas fuerzas al limite, aún podía llenar los confines de la cueva con notas sonoras y duraderas, cuando de repente se oyó un alarido en el exterior, haciéndole desistir de su empeño y formándosele un nudo en la garganta tan grande que daba la sensación de que su corazón se le había colocado ahí debido al sobresalto.


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