El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Estamos perdidos! —exclamó Alice, abrazándose a Cora.
—No, aún no —contestó Heyward, nervioso pero esperanzado—. El ruido provino del centro de la isleta, y se deberá a que han visto los cuerpos de sus compañeros caÃdos. Aún no nos han descubierto y todavÃa podemos confiar en nuestra suerte.
Aunque las posibilidades de escapar eran exiguas y desalentadoras, las palabras de Duncan no se pronunciaron en vano, pues despertaron las fuerzas de las dos hermanas de tal modo que aguardaron los acontecimientos en silencio. Un segundo grito pronto siguió al anterior, y un mar de voces desembocó por toda la isla, desde su parte más alta hasta la más baja, alcanzando la desgastada roca que habÃa justo por encima de las cavernas, donde tras sonar otro grito de triunfo salvaje, el aire se llenó de horribles vociferaciones —ésas que tan sólo en su estado más primitivo y bárbaro puede emitir el hombre—.