El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Al alcance de su mano se encontraba el musculoso hombro de un indio gigantesco, cuya voz profunda y autoritaria parecía estar dictando órdenes a sus compañeros. Duncan también pudo ver la entrada a la otra caverna y hasta qué punto estaba llena de salvajes que revolvían entre las humildes pertenencias del explorador. La herida de David había teñido las hojas de sasafrás de un color que les indicaba a los salvajes que estaban más cerca que nunca. Esta señal de confirmación de su victoria les hizo aullar como una manada de perros que hubiesen recuperado el rastro de su presa. Tras este estallido de alegría, se entretuvieron en destrozar el lecho del explorador y esparcir las ramas por toda la caverna, deshaciéndolo todo motivados por la sospecha de que el cuerpo de quien tanto temían estuviese allí oculto. Un guerrero de aspecto sumamente feroz se acercó al jefe con un amasijo de ramas y señaló las manchas de rojo oscuro sobre ellas. Mientras lo hacía vociferaba su júbilo utilizando múltiples expresiones, de las cuales Heyward únicamente pudo identificar la ya conocida «¡La Longue Carabine!». Después de su ruidosa manifestación de triunfo, lanzó las ramas sobre el pequeño montón que Duncan había formado a la entrada de la segunda cueva, tapando el orificio y privándole de toda posibilidad de seguir viendo lo que ocurría fuera de la misma. Unos cuantos nativos más imitaron esta acción a medida que sacaban las ramas de la cueva del explorador, lanzándolas al mismo montón y mejorando así, aunque sin saberlo, la seguridad de aquellos a los que perseguían. La insignificancia inicial de la barrera fue decisiva en todo esto, ya que a ninguno de ellos se le ocurrió inspeccionar un mero amasijo de ramas que, dadas las prisas y la confusión del momento, parecía ser tan sólo un producto más del registro que estaban efectuando.