El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Las mantas cedieron ante la creciente presión externa y la vegetación taponó la grieta con su propio peso, permitiéndole a Duncan respirar tranquilo una vez más. Brioso y confiado, volvió rápidamente al centro de la cueva y volvió a sentarse en su lugar de antes, desde donde podÃa divisar la abertura que daba al rÃo. Al mismo tiempo, los indios también se movieron de allÃ, como si les impulsara un instinto común, y ascendieron hasta el punto del cual habÃan partido. Aquà se pudo oÃr otro grito aterrador, indicando que de nuevo pasaban por donde yacÃan sus camaradas.
Por primera vez desde que hubiesen comenzado los momentos más crÃticos, Duncan se atrevió a mirar a sus compañeros, ya que no querÃa contagiarles la angustia que habÃa dominado en su rostro cuando todo parecÃa estar perdido.
—¡Se han ido, Cora! —susurró—. ¡Alice, han vuelto por donde vinieron y estamos a salvo! ¡Alabado sea el cielo, que nos ha librado de las garras de tan canallescos enemigos!
—¡Entonces yo también daré gracias al cielo! —exclama la hermana más joven, librándose de los brazos de Cora tendiéndose sobre la superficie rocosa—; ¡doy gracias al cielo que le ha evitado el dolor a un padre anciano y ha salvado las vidas de los que amo!