El último de los Mohicanos

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Tanto Heyward como Cora, que estaba más tranquila, observaron este impulso emocional con gran comprensión; y el joven concluyó que jamás había contemplado una escena tan piadosa ni de mayor hermosura que la de la pequeña Alice. Sus ojos irradiaban gratitud mientras el color sonrosado de su belleza natural volvió a brillar en sus mejillas; todo su ser parecía mostrar agradecimiento a través de sus delicados rasgos. Pero cuando sus labios se movieron, las palabras fueron frenadas por un nuevo y repentino temor. Su rostro perdió todo su color, volviéndose mortalmente pálido; sus ojos pasaron de una dulce suavidad a una dureza áspera, contrayéndose de terror; sus manos, que se habían juntado en actitud de oración, se separaron y permanecieron inmóviles, señalando hacia adelante. Heyward se volvió para mirar hacia donde parecían indicar y pudo ver, asomadas justo por encima del umbral de la salida, las fieras, salvajes y malignas facciones de Le Renard Subtil.

En aquel momento de sorpresa, la sangre fría de Heyward no le abandonó. Se dio cuenta, por la forma de mirar del indio, que sus ojos aún no se habían acostumbrado a la oscuridad del lugar. Incluso había barajado la posibilidad de que él y sus acompañantes pudiesen esconderse tras un recodo en las paredes de la caverna, pero cuando se percató del repentino gesto de iluminación que cruzó el rostro del salvaje, supo que era demasiado tarde y que estaban perdidos.


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