El último de los Mohicanos

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La expresión burlona y triunfante del indio, delatando la terrible verdad de la situación, resultaba tan sumamente irritante que Duncan olvidándose de todo salvo sus iras, apuntó con su pistola y disparó. La detonación sonó como la erupción de un volcán dentro de la caverna; y cuando se disipó el humo por efecto de la corriente de aire que venía desde la salida que daba al río, el lugar en el que estaba el malvado guía se encontraba ya vacío. Corriendo hacia la salida, Heyward percibió su oscura silueta, escabulléndose por una oquedad baja y estrecha, quedando completamente fuera de su vista.

Una quietud temblorosa hizo presa entre los salvajes al oír la explosión, la cual se sintió surgir de las entrañas de la tierra; pero cuando Le Renard hizo una larga y determinante llamada con su voz, fue correspondido por los gritos espontáneos de todos y cada uno de los indios que pudieron oírle.

De nuevo se oyeron bajar por toda la isla los clamorosos alaridos; y antes de que Duncan se pudiera recuperar del sobresalto, la frágil barrera de ramas fue pulverizada, a la vez que la caverna fue invadida desde ambos extremos y tanto él como sus acompañantes se vieron arrastrados fuera del refugio. Ya bajo la luz del día, estaban completamente rodeados por los victoriosos hurones.


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