El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Le Renard es demasiado valiente como para recordar las heridas recibidas en la guerra, asà como las manos que las provocaron!
—¿Fue momento de guerra cuando el indio cansado se detuvo en aquel árbol para saborear su maÃz? ¿Quién llenó el bosque de enemigos ocultos? ¿Quién sacó el cuchillo? ¿Quién habló de paz mientras su corazón pedÃa sangre? ¿Acaso dijo Magua que el hacha estaba desenterrada y que su mano la sacó de la tierra?
Dado que Duncan no quiso contestar las acusaciones del indio por medio del reproche a su propia actitud traidora, y tampoco estaba dispuesto a admitir la culpa de las mismas, permaneció en silencio. Magua también parecÃa dispuesto a dejar las cosas asÃ, sin más controversia ni discusión, ya que volvió a apoyarse en la roca de la cual se habÃa levantado momentáneamente. De todos modos, la exclamación «¡La Longue Carabine!» volvió a oÃrse nada más concluir el breve diálogo, reanudándose asà el interrogatorio de los impacientes salvajes.
—Ya lo oyes —dijo Magua, con terca indiferencia—. ¡Los hurones de piel roja reclaman la vida de «Carabina Larga» o, de lo contrario, cobrarán tributo con la sangre de aquéllos que lo ocultan!
—Se ha ido lejos; está más allá de su alcance.
Renard sonrió despectivamente, mientras le contestó: