El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Cuando el hombre blanco muere, cree estar en paz; pero los pieles rojas saben cómo torturar incluso los fantasmas de sus enemigos. ¿Dónde está su cadáver? ¡Que los hurones vean su cabellera!
—No está muerto, sino huido.
Magua movió la cabeza con gesto de incredulidad.
—¿Acaso es un ave, volando con alas; o un pez, que puede nadar sin respirar aire? ¡El jefe blanco cree todo lo que dicen sus libros y piensa que los hurones son tontos!
—Aunque no sea un pez, «Carabina Larga» puede nadar. Flotó rÃo abajo cuando se acabó la pólvora y los ojos de los hurones estaban tras una nube.
—¿Entonces por qué se quedó el jefe blanco? —exigió saber el indio escéptico—. ¿Acaso se hundirÃa como una piedra, o tiene ganas de perder la cabellera?
—Tu camarada muerto podrÃa dar buena cuenta de que no soy una piedra, si estuviera vivo —dijo el joven ante tanta provocación, presumiendo de su hazaña con la acritud y la ira que podrÃan despertar la admiración de un indio—. El hombre blanco piensa que sólo los cobardes abandonan a sus mujeres.
Magua balbuceó algunas palabras entre dientes antes de continuar diciendo, en voz alta: